Lo que la Flacso no sabe / no quiere saber
Parte 8
El 26 de abril de 2002, además del habitual cacerolazo de los viernes a las 20:00, estaba
programado el acto de apertura de la Feria Provincial del Libro, en Río Gallegos, capital
de Santa Cruz. La presencia de Néstor y Cristina Kirchner obligó a la concurrencia en
pleno de quienes se desempeñaban en la administración pública provincial y municipal,
para el habitual besamanos. Los invitados especiales eran dos periodistas: Miguel
Bonasso, de Página/12, un hombre de vasta trayectoria en la política, a quien ya se
presentaba como el coordinador de prensa de la campaña de Kirchner; y Alejandro Apo,
de AM Continental, con programa propio los sábados por la tarde, que retransmitía
LU12, con gran éxito de oyentes. La hora de la apertura del evento coincidía con la cita
que, a cinco cuadras de distancia, hacían los caceroleros; entonces, los de Kirchner
tomaron la decisión de adelantar lo suyo, no fuese cosa que los protestones se infiltraran
en el segmento pago de Crónica TV ya contratado por la Gobernación. Los responsables
de la seguridad provincial se pusieron en marcha mientras se descargaban, en los
depósitos del Centro Cultural, las festivas matracas armadas en los talleres de la
Municipalidad de Río Gallegos. La policía santacruceña amojonó con conos
fosforescentes el ingreso al predio y las balizas de patrulleros y motocicletas le dieron
un toque inusual a la tarde de la ciudad, mientras se bloqueaban las puertas laterales del
complejo, con trancas de madera y alambre en los picaportes. Pasando el portal de
acceso, se llegaba a un salón derivador donde los guardianes más presentables le hacían
el aguante al jefe del operativo, Mario Vidal. La ceremonia tuvo el esplendor de la
ocasión, y el matrimonio Kirchner estuvo presente y se retiró de acuerdo a lo
planificado, cuando un centenar de caceroleros, a cinco cuadras, comenzaban con su
menú de los viernes "Contra el ajuste y la corrupción". La convocatoria había mermado,
demostrando el agotamiento de la modalidad elegida para protestar. Además, ese día
faltaron a la cita los delegados municipales porque en algún punto de la cadena de
llamados telefónicos, alguien informó que se suspendía el mitín, y ellos aprovecharon la
noche de frío y llovizna helada para quedarse con sus familias en sus hogares.
Probablemente -especulan algunos luego de lo ocurrido aquella noche- alguien que
conocía, de antemano, lo que se desencadenaría, no quiso verse, cara a cara, con los
delegados de los empleados municipales. Desde la esquina de la confitería Mónaco, los
parroquianos habituales seguían, con indiferencia, la evolución de la asamblea
cacerolera. Entre ellos, el Charo Sandoval. Uno de los oradores recordó que Sandoval,
ex intendente de la localidad de Los Antiguos, se había integrado el día anterior a la
patota que había ingresado tan vehemente a la Cámara de Diputados, a cambio de un
asado con canilla libre y carne a destajo. El orador pidió un escrache para Sandoval. Los
caceroleros lo identificaron, del otro lado del frente vidriado, y Sandoval, con un gesto
de pánico dibujado en su rostro, se puso su campera y, escoltado por los mozos del
Mónaco, se refugió en la cocina. Luego, uno de los caceroleros mocionó ir hasta el
Centro Cultural, y el acuerdo fue unánime. Mientras se armaba la columna, otro
cacerolero mocionó hacer, de paso, un escrache a la radio FM de Rudy Ulloa Igor, quien
había liderado la patota que ingresó al Legislativo el día anterior. La columna era
encabezada por el viejo Ford Falcon de Dipi Di Pierro, dirigente del FUT, preparado
con bocinas en el techo. De la columna se marcharon los engripados y los caceroleros
anti-escrache, que decidieron quedarse tomando un café en el Mónaco. En la columna
permaneció una mayoría de mujeres, algunos con sus hijos; no faltaba quien llevara una
bicicleta a la rastra, como era el caso de Milagros Pierini, una militante por los derechos
humanos a quien todos cargaban por el bochiche del timbre de su rodado. No faltaban
algunas parejas de jubilados, aún enojados por el episodio del día anterior en Diputados;
dirigentes docentes del gremio Adosac; también trabajadores mineros que cumplían
tareas en el puerto, algún periodista y un damnificado por el corralito/corralón que
pensaba quedarse revisando libros en la Feria. El Centro Cultural tenía las puertas
bloqueadas, mucha seguridad privada en su interior y los destellos de un flash delató
que alguien quería retratar a los caceroleros, quienes pidieron, a los gritos, la presencia
de Bonasso y de Apo, pero ellos no aparecieron. Algunas mujeres golpearon con sus
llaves las estructuras de aluminio de los ventanales pero como no hubo respuesta desde
el interior, comenzó la retirada. Un agente de seguridad, quitó la tranca de una puerta de
acceso, para habilitar el ingreso de la turba y algunos caceroleros amenazaron con
adentrarse en la Feria pero la decisión fue no caer en trampa alguna y la columna siguió
su marcha. Menos el del corralito/corralón, quien se quedó comprando libros.
Los manifestaron bordearon el complejo ferial, encontraron el ingreso principal cerrado,
retrocedieron algunos metros y encararon por la calle Errázuriz, paralela a la San
Martín, hacia la FM de Ulloa. Desde allí se vio su Chevrolet Corsa color verde,
estacionado sobre la vereda y un acompañante que, dejando la puerta abierta, corrió
hasta el edificio de la radio y luego regresó a su asiento, mientras el vehículo patinaba
en el apuro por irse. FM Comunitaria ocupa un edificio público que le fue cedido, en la
esquina de Errázuriz y Belgrano, en Río Gallegos. Allí también funciona la redacción y
administración del diario El Comunitario, de distribución gratuita. El inmueble se
encuentra detrás de un pequeño jardín, protegido con rejas blancas y cámaras de video.
Los caceroleros se agruparon frente al portón y el director de la FM, Miguel López Igor,
salió a su encuentro, señalando el portón abierto; los caceroleros gritaban "Se va a
acabar / Se va a acabar / Esa costumbre de robar..." Primo de Rudy Ulloa Igor, Miguel
tenía el curioso privilegio de ser el único funcionario condenado por peculado, porque
aceptó confesar su delito y la condena en suspenso. Los jueces no tuvieron alternativa y
debieron cumplir con su deseo. López Igor hizo gestos hacia los manifestantes
tratándolos de "cagones", mientras el Corsa verde ya se había estacionado en la esquina
opuesta. Luego de un rato, los caceroleros se dieron por satisfechos y decidieron
retirarse; entonces se apagó el alumbrado público y, desde la calle Belgrano,
aparecieron más de 200 hombres con palos, hierros y mangueras. El jefe del operativo,
Mario Vidal, señaló a Miguel Del Plá y a Mercado: "Ahí están los zurdos". Un grupo de
patoteros se adelantó para detener el Falcon de Di Pierro pero el viejo automóvil logró
ponerse en marcha y sólo alcanzaron a abollarle le techo y el baúl del portaequipajes.
Los caceroleros estaban sorprendidos, abundaban los gritos y las corridas; también los
golpes, sobre un pavimento mojado y una oscuridad hostil. A Luis González, el mítico
Angelito Negro de ATE, no lo reconocieron como un cacerolero hasta que un matón lo
golpeó con una manguera en la cabeza y la paliza la impidió el propio Vidal. En verdad,
por 2da. vez en 15 días Vidal evitaba una golpiza a González, por el respeto que su
coraje le ganó aún entre los soldados de Kirchner.
Había tres grupos de atacantes: los de choque, los que cubrían sus espaldas y los que,
subidos a algunas camionetas, corrían a los caceroleros que huían. Los trofeos de guerra
-un redoblante, un bombo y una bandera argentina- fueron introducidos en la FM
Comunitaria. La bandera se la quitaron a una pareja de chicos menores de edad, que
fueron apaleados. La golpiza continuó unos 100 metros porque en el cruce de Errázuriz
y Alvear apareció una camioneta de la policía local, con balizas y laterales pintados con
el número del móvil, que observó la escena a paso de hombre y se alejó. Las camionetas
perseguían a los caceroleros dispersos, detrás de los golpeadores se arrastraba el
Angelito Negro, auxiliados por dos de la columna que prefirieron no correr: un
empleado municipal y el autor, quien cubría el evento para una FM. Sin embargo, al
llegar a la plaza San Martín, se detuvo una camioneta blanca, conducida por el karateca
Juan Carlos Gómez, con varios hombres en la caja, que bajaron a seguir pegándole al
Angelito, que sólo atinaba a putearlos, mientras el autor le recordaba a Gómez su rol de
funcionario público. Quizás por eso o porque en la plaza había demasiada iluminación,
los matones regresaron a su camioneta y se marcharon. Luis González aún no pagó el
asado que aquella noche le prometió al autor, en gratitud por la ayuda. Al fin, los tres
llegaron hasta el automóvil de González, estacionado sobre la avenida Roca. Cuando el
conductor se recuperó, enfilaron hacia la Casa de Gobierno, en cuyos jardines parte de
la patota ya brindaba con cajas de vino que repartía el tesorero del Frente para la
Victoria, Raúl Copetti, funcionario público. Los tres fueron a la seccional 1ra. a radicar
la denuncia policial. Advertidos, los de la patota que portaban armas fueron enviados a
El Calafate, a mostrarse en el casino y así obtener su coartada. Gómez fondeó su
camioneta blanca en un taller de confianza, no sin antes llevar a su gente a apedrear el
frente del diario Tiempo Sur.