Parte IV
Cuando Rubén Granero ayudó a Nestor a Ganar la Gobernación.
El acto de entrega del mando fue planificado como una continuidad de la campaña.
“Hay que demostrar una forma de hacer y vivir la política”, decía Néstor Kirchner, la
barrabrava estaba preparada para hacerse oír cuando el guión lo indicaba, y los invitados
fueron seleccionados. Uno de ellos fue Jorge Cepernic, el gobernador de 1973, quien
pagó con años de cárcel sus ideas. De Marcelo, su hijo, como intendente saliente,
recibió Kirchner el mando comunal. Marcelo Cepernic, inteligente, introvertido, pasó
por el municipio sin altisonancias pero con una obra recordada por su honestidad y el
aporte a la infraestructura básica de servicios, extendidos al máximo posible. Él logró el
convenio con las Fuerzas Armadas para la sesión de tierras que encorsetaban la ciudad y
tuvo logros en materia de integración barrial y apoyo a la cultura. Cepernic provenía de
las filas de Puricelli, hasta la construcción del MRP, en 1985, del que participó, y aquel
acto, antes de escuchar a Kirchner, dejó en claro su beneplácito por entregar el cargo a
otro peronista. La respuesta de Kirchner fue desencajada, atacó con dureza injustificada
la gestión de Cepernic mientras los barrabravas presentes batían el parche de la vendetta
contra quienes habían sido sus rivales domésticos. Juan Manuel Cepernic, hijo de
Marcelo, recuerda aún hoy, con dolor, la angustia conque la familia retornó a su hogar
aquella jornada. Kirchner se trepó, aquel día, a una frase que repetiría a lo largo del
tiempo: “El Estado promotor debe suplir al Estado benefactor”. Los bombos hicieron
vibrar el salón mientras Oscar Vázquez, alias Cacho, juraba como secretario de
Gobierno; luego Ramón Alberto Lascano, alias Tito, en Obras Públicas y Ubanismo;
Luis Salvidia, en Hacienda; y la más aplaudida de todos fue Alicia Kirchner, en la
flamante Secretaría de Promoción Social. En tanto, el demócrata-cristiano Hugo Gárdes,
asumió en la Secretaría General. Lupín se encargó de dejar en claro, a los integrantes
del Frente Municipal, que el jefe era él; y luego inició su tarea preferida: cooptar
cuadros ajenos. Para ello generó el Consejo de Planeamiento, Asesoramiento y
Consulta, conducido por su esposa Cristina; y por el arquitecto Julio De Vido, y sólo
para los considerandos, integró a las restantes fuerzas del Frente. Desde entonces –y se
convirtió en una constante de la gestión de Kirchner- nunca una fuerza política dejó de
perder hombres y mujeres a manos del irresistible manejo de “la cosa pública” que
impuso K. Por ejemplo, con el Frente Municipal, perdieron su existencia en Gallegos
como partidos, el Intransigente y la Democracia Cristiana. Kirchner comenzó ajustando
las cuentas del municipio. Para esto eliminó alquileres que pagaba la intendencia,
destruyó la red de centros de integración barrial de su antecesor, desarmó la estructura
de Cultura –también obra de Cepernic-, y le pidió a Alicia que recreara todo eso pero
con otra orientación, apuntalando así la estructura política propia. No había dinero en el
tesoro municipal para hacer grandes anuncios; entonces, el 22 de diciembre de 1987
sacó a la calle a todo el personal a lavar las veredas de la calle Roca, el centro comercial
de Gallegos. Se dice que en persona, escondido detrás de un tapial, controló la
operación que marcaba su estilo a los empleados municipales. Ejecutó una gestión
prolija, bien controlada por la mayoría UCR en el Concejo Deliberante y con una
interesante tarea del Tribunal de Cuentas que le obligó a informar, regularmente, de los
ingresos y egresos. Además, ejecutó pavimentación de calles, construcción de veredas,
mejora de la iluminación de las calles y levantó varios gimnasios municipales en los
barrios. En tanto, el gobierno provincial era caótico. Pero antes de cargar sobre Jaime
Del Val, tendría que superar escollos internos. Los concejales Jorge Chávez, alias Negro
–hombre de la “banda Cordobesa”- y Juan Carlos Villafañe, alias Chiki-Chaka, de la
Unidad Básica Los Muchachos Peronistas, plantearon sus disidencias con el estilo
personalista de Kirchner y crearon la COP (Corriente de Opinión Peronista). Lograron
sumar a Mónica Kuney, Mario Metaza, Edgar Sánchez, Carlos Guardo (peronista muy a
la derecha que participó del derrocamiento de Cepernic, en los ’70), y otros. La COP
inició alianzas con otras agrupaciones peronistas. Una de ellas reunía a Olaf Aaset, alias
Pilín, el chico que vió como Lupín se llevaba el televisor de su casa (ver Capítulo 1);
Javier Pérez Gallart y Gabriel Pérez Rassetti, alias Pajarito; además de dirigente de
ATE, como Jorge Rivolta; e históricos del PJ como Norberto Ferrantes, alias Madurga;
y Pocho Manrique. Chávez llegó al Sur huyendo de los militares, y en 1980 ingresó
como asesor legal en el Ministerio de Asuntos Sociales. En 1984 arribaría, siguiendo a
la “banda Cordobesa” un camarada que lo había salvado de caer prisionero, Carlos
Alberto Zannini, alias El Chino, quien sí había estado preso luego de que lo atraparan en
la ex confitería El Molino. En 1987, Zannini llegó a la Secretaría de Gobierno
municipal; aunque –dicen- coincidía con los planteos de Chávez. También dicen que
intentó irse a vivir de su profesión en Comodoro Rivadavia, en El Chubut, pero los
fracasos lo impulsaron a volver a Kirchner. # Carga sobre Del Val La gobernación de
Jaime Del Val, poco a poco, se transformó en una corte donde política, sexo y poder
eran fermentos del desastre anunciado. En 1989, Del Val sufrió una embolia cerebral y
fue derivado a la Ciudad de Buenos Aires. Su vice, Ramón Granero, alias Bochi, intentó
gobernar manteniendo la estructura que dejó Del Val, mientras la inflación hacía
estragos en la coparticipación federal y el dólar escalaba las nubes, dificultándose
afrontar la masa salarial de la sobrepoblada administración pública. El regreso de Del
Val mostró a un hombre agobiado por la enfermedad, con parte de su cuerpo paralizado
y dificultades en el habla, propia de una persona que no terminó su proceso de
recuperación. Granero sabía que los votos ganados con su actuación como diputado
provincial se diluían junto a Del Val. Las conspiraciones de Rafael Flores, por un lado,
y de Néstor Kirchner, por el otro, comenzaron a resultarse simpáticas. En la Nación, la
tormenta liberal exigía reordenar los estados provinciales y esto resultó terrible para Del
Val, el único gobernador que se jugó por Carlos Menem en 1988, en un escenario de
conflictividad social en aumento por el cerco financiero que se cerraba sobre Santa
Cruz. “Del Val fue a la Casa Rosada a pedir plata y le entregaron balas de goma y un
curso de capacitación de la policía provincial en la represión de motines”, me reveló un
ministro del gobernador, que había ingresado a la Casa de Gobierno eludiendo
manifestantes, todos de la Administración Pública. Señaló a los policías, que lucían
chalecos antibalas nuevos, sobre gastados uniformes. También nuevos eran los cascos
con visera y las cananas con cartuchos de balas de goma y granadas lacrimógenas. Con
armamento reluciente y actitud de combate, los policías parecían distintos a los que se
intuían cercanos a los manifestantes porque su salario se encontraba atado al éxito de la
manifestación. Con los funcionarios escapándose hacia el patio de la vecina jefatura
policial, donde a su vez había una puja interna, durante la tarde, y vía un memorando
con una firma falsificada, se ordenó tirar. Hasta una embaraza sufrió los balazos de
goma y los gases. La represión se terminó tan rápida como empezó, al llegar los
diputados, en tropel, a la Legislatura. La policía se escudó en el memo falso y los
funcionarios del gabinete provincial se refugiaron en Dolores Ávila, secretaria Legal del
Ministerio Secretaría General, todos buscando un responsable para entregar a los
diputados. Ávila, a quien llamaban “la Doctorcita”, era la "novia secreta” del
gobernador enfermo; más adelante, cuando él se divorció, fue su esposa. Aquella tarde
fue señalado como culpable José Tapia, alias Pepe, el único de quien nadie esperaba una
orden de represión, aparente firmante del memorando represor. Ávila, Caíto Del Val –
hijo del gobernador- los diputados UCR López y Quintar, junto a Kirchner, intentaron
convencerlo a Tapia de que aceptara la culpa, prometiéndole una interpelación
legislativa breve y sin problemas. Kirchner, quien preparaba el golpe institucional
contra Del Val con la herramienta del juicio político, temía que la dirigencia del
sindicato de empleados públicos Apap, controlado por las asambleas donde la izquierda
encontraba eco a su propuesta de movilización y lucha, aumentara la apuesta porque con
más confrontación había peligro de intervención federal, donde suponía que se
candidateaba Puricelli. Tapia se mantuvo firme y, entonces, Del Val lo culpó y lo echó
del ministerio por “inútil”. Es curioso: Tapia siguió caminando, tranquilo, por las calles
de Gallegos y nunca nadie le dijo nada porque nadie había creído en las imputaciones.
Flores y Kirchner querían la caída de Del Val para eliminar a la estructura de Puricelli y
a su cuñado, el senador nacional Pedro Molina; la fecha propicia parecía el mes del
Mundial 1990, que se jugaría en Italia. El bloque UCR era liderado por Ernesto Cruz,
alias Sinatra, según los columnistas políticos, quien se sumó a la propuesta de juicio
político porque creía que todo el descalabro del PJ lo pondría a tiro de la Gobernación.
Antes de avanzar con el juicio político, la nueva coalición le exigió integrar un gabinete
con sus hombres, ejecutar algunos ajustes fiscales y, luego, que pidiera licencia. Del Val
resistió, confiado en que Carlos y Eduardo Menem lo apoyarían en contra del quiebre
institucional, pero no consiguió más que declaraciones de prensa. En la Cámara de
Diputados provincial se reunieron pruebas, bajo la conducción de Cristina Fernández de
Kirchner, miles de fojas apuntalaron ocho cargos, maniobras en la Subsecretaría de
Pesca, la enfermedad del gobernador y la utilización de medios provinciales para
realizar mejoras en su estancia. Del Val, por consejo de Puricelli, disolvió por decreto la
Legislatura y llevó la cuestión a la justicia. Pero la Cámara de Diputados había tomado
sus previsiones, designando como camarista a una secretaria del Tribunal Superior de
Justicia, Laura Patricia Ballester de Muratore. La camarista, por su antigüedad, subrogó
en el Tribunal Superior de Justicia y cuando la nulidad llegó a esa instancia, su voto y el
de la Dra. Clara Salazar, dejaron en minoría al Dr. Castro Dassen. El conflicto de
poderes llevó al Ministerio del Interior a enviar a Jorge Díaz Martínez, un catamarqueño
vinculado a los Saadi, como amigable componedor. Díaz Martínez descendió en
Gallegos y se encontró con un amigo, Armando Mercado, alias Bombón, cuñado de
Kirchner y aún hombre del Supe, quien no se despegó de la sombra de Díaz Martínez,
quien de inmediato comprobó la soledad de Jaime Del Val, y decidió convencerlo que
lo mejor era aceptar el juicio y entregar el poder a Ramón Granero. A los riojanos en el
poder federal no pareció importarles qué ocurría en la lejana Patagonia. El mismo día en
que los Granaderos a Caballo expulsaban a Zulema Yoma y a sus hijos de la Quinta de
Olivos, Del Val reclamó en la Cámara de Diputados su derecho a defensa en juicio y
denunció las presiones de Granero, Kirchner y Flores, y la falsificación de sus
certificados de salud.