En otra cena en el mismo restaurante, Flores le anunció a Kirchner el rechazo de sus
bases al acuerdo, y Kirchner se enfureció. Sus acompañantes lo observaron y, de pronto,
anunció que pondría en práctica su plan B, resignando por cuatro años la lucha por el
sillón de Gregores. Así que daría una doble batalla local, en Gallegos, por la conducción
del partido y la candidatura a intendente. Flores se comprometió a allanarle el camino,
aportándole sus votos, a cambio de que Kirchner lo ayudase en la contienda provincial.
Este acuerdo tampoco prosperó porque Laffitte quiso pelear por la intendencia de
Gallegos y se negó a bajar su candidatura. Algunos militantes del Ateneo recuerdan
aquel momento: “El Cuervo estaba quebrado y hablaba de dejar la política, la Bruja
compartía su posición; entre todos lo sacamos del pozo y logramos que volviera a
trabajar”. Pelear en Gallegos por el partido y por la candidatura a intendente no era un
objetivo inalcanzable. Las formas que adoptó el quehacer político de Arturo Puricelli
dejó una abundante cantidad de heridos internos; entre ellos, los allegados a Amador
Iglesias, percutado del Ministerio Secretaría General cuando estalló el escándalo del
millón de dólares que involucraba a la empresa constructora Gotti, a funcionarios
provinciales y al Banco de la Provincia de Santa Cruz. En la elección interna provincial,
Puricelli impuso su voluntad y el candidato a gobernador fue Jaime Del Val. Pero
Kirchner ganó la candidatura a intendente de Gallegos y se quedó con el Consejo
partidario local. Entonces, con el trabajo facilitado por el sello partidario, se
determinaron varios ejes de acción. Kirchner trabajó personalmente en el armado de un
frente y se presentó como un candidato amplio, despojado de los símbolos del
peronismo, solicitando la ayuda de Dios y prometiendo recrear el espíritu pionero. El
dejar de lado los símbolos partidarios tenía que ver con una estrategia personal y con
una lectura de los resultados de la elección legislativa de 1985, la única contienda
electoral que ganó, alguna vez, la UCR santacruceña. Se organizó una labor de timbreo
para frenar las intenciones de Puricelli-Del Val de restarle el voto peronista, mientras la
militancia inscribió en un padrón especial a los extranjeros (básicamente chilenos) que,
en Santa Cruz, se encuentran habilitados a votar para intendente. Fue uno de los trabajos
que más tiempo llevó a los militantes ya que al convencimiento de la orientación del
voto se le agregaba el trabajo de gestión de los documentos y la inscripción en un
registro especial. La estructura de propaganda quedó en manos de Cristina. En los
volantes y trípticos que se repartieron se observaba un logotipo, refritado de elecciones
en provincia de Buenos Aires, que representaba un óvalo con tornillos que
esquematizaba las viejas chapas de numeración de las viviendas, con la leyenda
Kirchner 87, y acertaron con un jingle pegadizo. Cuando Del Val aún no terminaba de
acordar su fórmula, Lupín obtuvo la foto más buscada del momento. Durante el
lanzamiento del Frente Municipal de Río Gallegos, se fotografió con Ramón Granero,
alias Bochi, del Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), que poseía un caudal
electoral propio; con Roberto Arizmendi, del Partido Intransigente; y con Romero, de la
Democracia Cristiana. Las encuestas y la sensación popular hablaban de un holgado
triunfo lupinero en Gallegos, y de la candidata Ángela Sureda, de la UCR, en la
provincia. Kirchner estaba eufórico. Si se concretaban los sondeos, tendría su lugar de
despegue y eliminaría, en el mismo acto, a uno de sus competidores internos, ya que
Sureda es tía de Rafael Flores, y la Constitución provincial contenía una cláusula que
impedía la consanguinidad en quien reemplazara a un gobernador en su único mandato
permitido. La derrota repercutiría, además, sobre Puricelli y su delfín, Del Val, a quien
en sus actos masivos en Gallegos no permitió subir al palco. En el futuro, Kirchner
eliminaría estas dos restricciones constitucionales, abriendo la posibilidad de su propia
reelección indefinida y el camino a un sucesor de su propia familia. El 7 de septiembre
de 1987, los primeros escrutinios revelaron que los rumores tenían asidero, muchos
votos peronistas se volcaron a la UCR, y entre el electorado del padrón de extranjeros,
que tanto contribuyeron a engrosar los militantes de Lupín, el voto también se fugaba
hacia la UCR. A última hora, los votos de Río Turbio consolidaron un escaso margen a
favor de Del Val, y la última mesa de Gallegos indicó que Kirchner era el nuevo
intendente, por un puñado de votos más que el contador público nacional Roberto
López. La mayoría del Concejo Deliberante quedó en manos de la UCR. Lupín, quien
siempre refleja en el cuerpo los miedos, durante las últimas y angustiosas horas, luego
del cierre de los comicios, sufrió varios desmayos. Ricardo Jaime Del Val y su gente
llegaron primero a la esquina de Roca y San Martín, en Gallegos, para los festejos;
rezagado –y ya medianamente repuesto- arribó Kirchner, abrazados sobre el capó de
una camioneta, ambos agradecieron y saludaron. Una sonrisa nerviosa no lograba
cambiar la imagen desencajada de su rostro. Esa noche, Lupín empezó a dibujar
estrategias para llegar al sillón de Del Val.