La poesía no es de nadie en particular, es de todos
Podría decirse que la poesía es un de las tantas formas que tenemos de estimular los sentidos, de cantarle a nuestras vivencias. Todos nosotros somos poesía viva. Hombres y mujeres.
Entre otras cosas, este culto de expresión, nos ayuda a sustentar a nuestra identidad, a tornear con las palabras los objetos inanimados.
A indagar los íconos de la historia.
Nos permite darle voz a los desprotegidos y a transformar los sucesos de la vida haciendo presentes las ausencias más amadas. Para mi la poesía está en el andar cotidiano. En una calle de la infancia, en una madre, en las funciones sociales de los ídolos. En un gato fiel y compañero como en la incidencia del hombre en el entorno natural. En un perro abandonado como así también en la multitud que viaja en colectivo. En un beso de mujer, en los hijos, en el desarraigo de una piba que emigra en busca de progreso hacia la ciudad.
Pero la poesía abarca mucho más que estas circunstancias.
No es de nadie en particular, es de todos. De extranjeros y compatriotas. De niños, jóvenes y ancianos. De trabajadores y desocupados.
Del campo y la ciudad.
La poesía sencillamente es amor, es la medicina del alma.
J.D.C
.
SU OBRA

Oíd mortales
Nací el año
que cayó en La Higuera
un épico latino.
Dormí entre llamitas de faroles,
jugué en una montaña de ladrillos,
crecí sobre un peñasco de ilusiones.
Crecí, viví, morí.
Acaricié el retrato
de un abuelo resistido,
adolecí entre retumbares de tambores,
cursé en gobiernos pervertidos,
viví en sigilo
todos estos resquemores.
¿Viví, morí?
Sentí carretear
a las hojas resecas,
humecté al otoño,
a aquella parra con mis libros.
¿Contemplé
la claridad de las estrellas?
¿O morí en un mundo oscurecido?
Oíd mortales
soldado de América.
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Paso a nivel
Mi madre es máquina,
lino,
leño.
Piernas chuecas,
surcos resecos.
Párpados caídos,
ojos achinados.
Ojos que se elevan
como aquellas albas
de humanidades inhóspitas,
anuncios de gallos.
Mi madre
ya no esta junto al viejo brasero,
masticando un chipaco,
ni sorbiendo mate cocido.
Tampoco sigue las huellas de alguna cabra
envuelta en su pañuelo blanco
entre el viento y la sequía.
Traquetea como aquel tren adolescente
que por la vía del llanto
la acarreó hasta la ciudad.
Pero mi madre,
sigue siento monte,
chañar y trabajo.
Fuerza productiva
hasta que llega la oración.
Y luego de un sueño sereno,
distante,
sus párpados se elevan
y las mañanas despiertan
un tanto más chuecas y achinadas.
Con sonidos férreos,
con palabras dulces y costuras alegres.
Una vida de paso a nivel.
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Hechizo de barro
No fue Harry Potter ni corsario.
Abriendo marcadores en las tardes de Fiorito,
fue hechizo
de barro en el potrero.
Y partió en un saque
para Europa.
Llegó a España
zapateando como Gades,
en Italia Marcelo Mastroianni,
el tango en la gambeta.
Pero esa voluntad
neurótica,
carnal,
le anestesió la vida en la palabra,
fue hundiéndole el puñal,
¡su piel ya no es de camiseta!
En Méjico
la reina quiso darle jaque mate.
Con su mano
Latinoamericana
repuso al niño en la pelota,
desafiando a la corona,
manoteando ese balón.
Y los alfiles y peones
rasantes lo corrieron,
punzaron sus garrones,
le arrancaron la pelusa,
¡quisieron degollarte!
hechizo de barro,
de potrero.
Y amagando como el toro ante el acecho,
danzando
como el cisne ante la vida,
eludió a la infracción
en una suerte de poesía suave
y brutal.
Esa zurda
le dio voz de cañón a la pelota,
liberó del gatillo a la verdad.
De esas manos
que extasiadas por la trampa
socavan alegrías.
Y hechizó los corazones,
empujando a la fe en el aplauso.
También Dios se lo creía.
Aquí nos inflábamos el pecho,
elevábamos banderas desmayadas.
Pero al final,
si, al final,
otra vez gambeteás a la crueldad.
A ese efecto nasal
que todo se lo diste
cuando lo pidió.
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Perro empetrolado
Tus pasos no fueron en charol
ni luciste un frac
bajo la brisa.
En tus ojos
hendidos dos espejos
tal vez de algún adiós,
tu mirada iba yerta en la pesquisa.
Y caíste
a orillas de caracolas,
también yo perecí
al sentir allí en la arena
el vientre de ese hombre
amo de tus piruetas.
Cuando sacudiste tú cariño,
levantaste el horizonte… fue vil el reflejo,
y cerraste en otro día
la esperanza de poder mover tu rabo.
Y espantado por los aullidos de esa raza
—de mi raza—,
enclaustraste tu hocico,
tu lengua en todo ese vacío.
Graznidos de gaviotas en vuelos se lanzaban,
las piedras te caían
como en noches de rocío.
Y allá ibas perro,
vagabundo,
para mí eras un cisne que aleteaba empetrolado,
que se alejaba dejando huellas en la arena
—parecían gotitas—,
y en otra playa
tu cuerpo se haría tiritas,
olfateando el horizonte,
reflejando tu desgano.
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Inapropiada propiedad
Ciento veinte metros
en una baldosa,
y ese celular magnetizando
el aire del idioma
que en secreto respirábamos.
Ni los grafitis de nuestros hijos
lograron apuntalar
aquella propiedad
construida a base de
empréstitos
y rondas de amigos.
Cuando las paredes comienzan a cuartearse
no hay que buscar ningún pintor o albañil.
Es saludable hallar otro sitio
donde no existan
televisores encendidos
todo el día
electrificándote
a cada rato.
Ni gente que entre a tú casa
y de la que nada se sabe.
En aquel primer piso
tú humanidad y a la mía,
no se descascaran.
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Porque te vi nacer
Federico tiene ojos de semilla,
es el girasol que me amanece.
Tiene alma de coral, aliento a brisa.
Federico puede escribir vocablos en la sal de las olas.
Tiene cuerpo de fruta.
Es tierno como el Kiwi,
fibroso como el mango.
Federico puede extraer el néctar de las flores,
mirar el cosmos por la cerradura de la puerta,
conversar con las estrellas.
Federico me arroja basuritas cuando miro
hacia otra parte.
Es la sonrisa, o la lágrima que lloro,
cuando una calle adoquinada,
cuando un pibe de cartón en la vereda.
Pequeño monumento.
Federico será testigo que fui.
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Callecitas de mis recuerdos
Pasadas las doce,
las mochilas se expulsan
a las veredas. Un hormigueo sarmientino,
tiñe las calles de blancos y azules.
Activos mundos
de chicles jirafas,
intercambios de punch por manón.
Vuelvo
saboreando recuerdos,
pastillitas.
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“Que haya lenguaje en donde tiene que haber silencio”
Alejandra Pizernik
Extracto del poema “En honor a la pérdida”
Desatando los labios
Aquel beso
fue un idioma prematuro
que en un estribo de tu día—de mi día—,
nos había citado sin querer.
Fuimos dos adolescentes
que nos rebelamos,
y en el otoño de tu boca— mi boca—,
anunciamos diluvios,
nos brotaron jadeos
con aroma a tabaco
y café sin azúcar.
Aquella tarde
reavivamos
la más íntima emoción
que nuestras vidas
habían olvidado en un andén.
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Cielo ausente
Con el tino voraz, y
compadrito,
anduviste por el barrio,
desterrando a otro amigo.
La canchita de la calle Irigoyen,
el carrito a rulemanes.
Te llevaste el capullo
que vimos florecer.
Otra vez nos dejás con el alma
entre los brazos
y la angustia a flor de piel.
¡Te metés con los muchachos!
¡Nos robás otro clavel!
Retornanos sus ternuras.
el filo de sus voces
nostálgicas,
de cuna.
Maldito amanecer,
ausencias que iluminas.
Otra broma tuya.
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Permanencia
No te olvides que es invierno pequeño morador,
perecemos dos viejos amigos que siguen varados
en una estación. Pero tu radio me susurra,
domestica mis entrañas, y al tanteo administro
a templanza que va por tu pelaje.
No te ofendas compañero de mis noches.
¡Si sólo fue una caricia! Tal vez tu madre te ha contado
que los hemos tildado de fríos y simples cazadores
de ratas. Aunque en mi cama, la naturaleza
de tu cuerpo
desmiente esa condición humana cuando te estiras,
te estiras como un fuelle. Como el fuelle
que al espíritu del músico abriga, o lo deja a la intemperie,
en otro paisaje, cara a cara con el espectador.
Ya es tarde, tu radio no susurra.
Desembocan mis manos en la almohada.
Queda un hoyo.
Y me estiro, me estiro.
Y maúllo, y maúllo.
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San Justo
Ahí está el universo suburbano, sin plaquetas ni triglicéridos.
Las estatuas transpiran, los sauces las abandonan, el viento se rehúsa.
Los peatones ruegan, miran hacia arriba. La tarde se refleja moribunda,
en cada esquina, en cada rincón. ¿Y balcones? Y los balcones esperan
que el cielo les sonría, que una nube los salive, y nuestras vidas pasajeras,
que se imprimen para adentro, permanecen enjambradas, boquiabiertas,
tras las ventanillas. Dando puntapiés agujereados, también rifando
manotazos, exhibiendo relojes, pulseras, de Once o de Liniers…
Tras un giro colectivo el pasaje se aparea. Algunos pibes lloran, despiertan,
sobre senos que madrugan, que regresan con ojeras.
Entre alfombras de papeles reciclados, volvemos a expensas
de la industria que allí afuera nos da tinte con su hollín,
que aquí adentro nos da dosis de gasoil. Llegamos a San Justo, hay jóvenes que duermen mientras otros leen. Se aman, se odian o se miman.
En asientos de cuerina granulada.
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Esquina de los sauces
Escrita está la adolescencia en una pared del barrio
al que vuelvo. Debajo de la sombría cabellera de un sauce
llorón, dónde espiábamos mundos.
Porque había noches dictadoras, las esquinas fueron
archipiélagos electrocutados. Suficiente ser jóvenes,
citarse para mirar las estrellas, o escribirle poemas a María de los Ángeles,
y arrojarlos por la puerta de su casa. Algunos vecinos tenían la bendita costumbre. Denunciarnos en aquel mil nueve ochenta y dos. Sin embargo,
nos esmerábamos por seguir siendo eso, religiosamente jóvenes;
luciérnagas, murciélagos, ratas. Testigos de las noches.
Más que nunca, recurro a mi memoria, y sobrevivo en una tarde que vuelvo resistiendo, el perfume proveniente de sus senos. Siempre fui admirador de sus labios, compuertas de su voz aterciopelada. Doblo en el mismo lugar que nos hallábamos porque se la han llevado con un poema de madera
entre sus manos.
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Petrocola
La industria desecha un coágulo en el río. Procesan
pequeñas criaturas. Rabiosas las algas se sistematizan. Los peces
abortan sus branquias, las aves les lamen las heridas.
El agua se come al perro, incide en la carne vacuna. Muta el m a c r o o r g a n i s m o de la tecnología. Los niños amanecen en las calles, rehénes voraces. Mastican polillas, ahumadas botellas de las alcantarillas. De pronto, el lodo, la lluvia,
el viento huracanado. Los árboles se quejan sin savia ni saliva.
Se ahogan vehículos, fracturan carteles, decapitan a los semáforos.
La vida queda a oscuras, el mundo tiene frío.
El ave en Medio Oriente se pica las alas, espía a la avenida que recibe a un edificio…
un padre que solloza.
Hay un hombre que mira desde un boing, que tritura
a un mac-niño, que proclama a un corazón.
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Grillitos en las noches
Huesos visibles,
sinfonía de la noche.
Ebrias van las ruedas de sus vidas
por caminos cenicientos,
peregrinos del rejunte.
Mala pata
—aunque dicen que da suerte
pisar mierda de los perros—,
ellos siguen
abocados a sus grillos,
subsistiendo como Darwin.
Vituperio a la pelambre,
mal aspecto da la cáscara.
Peroratas
por ser hijos del cartón,
del frío hecho basura.
Huesitos visibles,
bostezo blanco y celeste,
soñadores.
Ya no pueden embolsarles el saltito,
defasaje del billete,
monedita nacional.
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Pequeñas soledades
Hay dos pequeñas soledades en el cuarto que comparten, y sospechosamente me vuelvo crédulo ante lo que no veo.En cada gesto de éste espacio aposentan sus nombres; en la expresión de las bisagras, en la luz de sus juguetes. En el viento que golpea y que aborda sin permiso.
Hoy la noche está en mi regazo, y yo continúo aprendiendo de ustedes. Entre tanta libertad desordenada, pero amable.
Con idioma propio.
Pequeñas soledades, he venido en busca de sus huellas.
Las del beso y del abrazo. Ustedes se transcriben en las
espesuras que producen las lluvias en el corazón de este verano,
en la posteridad. En la vitalidad del árboles. Tras cada paso que doy adoptan mi voluntad abrazándome en los caminos. Ustedes son mis axiomas. O dos motores que conspiran a mis viajes.
Definitivamente, la vida me es mayúscula cuando los pienso saludables entreteniendo a las olas de los mares argentinos.
Aquí sentado, quisiera comenzar a esculpir el tiempo y darle mi forma. Tal vez alguna noche comprendan, que las pequeñas soledades no son tan pequeñas.