Jorge Daniel Córdoba nació en Caballito, Capital Federal, en el año 1967. Actualmente reside en la localidad de San Justo, provincia de Buenos Aires, donde recibió educación primaria y secundaria. En 1999 publica su primer plaqueta de poemas, La muesca.  Se afianza en el ambiente literario, y en año 2000 concurre al Taller de poesía coordinado por la poeta María del Carmen Colombo en la CONABIP. Espacio en el que surgieron algunos textos de su segunda producción de poemas, Pequeñas soledades. Realizó distintas presentaciones en Centros culturales, medios radiales en Capital Federal, así como también en la provincia de Santiago del Estero. 

ASI OPINA:

La poesía no es de nadie en particular, es de todos 

  Podría decirse que la poesía es un de las tantas formas que tenemos de estimular los sentidos, de cantarle a nuestras vivencias. Todos nosotros somos poesía viva. Hombres y mujeres.

  Entre otras cosas, este culto de expresión, nos ayuda a sustentar a nuestra identidad, a tornear con las palabras los objetos inanimados.

  A indagar los íconos de la historia.

  Nos permite darle voz a los desprotegidos y a transformar los sucesos de la vida haciendo presentes las ausencias más amadas. Para mi la poesía está en el andar cotidiano. En una calle de la infancia, en una madre, en las funciones sociales de los ídolos. En un gato fiel y compañero como en la incidencia del hombre en el entorno natural. En un perro abandonado como así también en la multitud que viaja en colectivo. En un beso de mujer, en los hijos, en el desarraigo de una piba que emigra en busca de progreso hacia la ciudad.

  Pero la poesía abarca mucho más que estas circunstancias.

  No es de nadie en particular, es de todos. De extranjeros y compatriotas. De niños, jóvenes y ancianos. De trabajadores y desocupados.

  Del campo y la ciudad.

  La poesía sencillamente es amor, es la medicina del alma. 
 

                                                                                          J.D.C

.

SU OBRA

 

 

Oíd mortales 

Nací el año

que cayó en La Higuera

un épico latino.

Dormí entre llamitas de faroles,

jugué en una montaña de ladrillos,

crecí sobre un peñasco de ilusiones.

Crecí, viví, morí.

Acaricié el retrato

de un abuelo resistido,

adolecí entre retumbares de tambores,

cursé en gobiernos pervertidos,

viví en sigilo

todos estos resquemores.

¿Viví, morí? 

Sentí carretear

a las hojas resecas,

humecté al otoño,

a aquella parra con mis libros.

¿Contemplé

la claridad de las estrellas?

¿O morí en un mundo oscurecido?

                                             
 

Oíd mortales

soldado de América. 

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Paso a nivel

     

Mi madre es máquina,

lino,

leño.

Piernas chuecas,

surcos resecos.

Párpados caídos,

ojos achinados.

Ojos que se elevan

como aquellas albas

de humanidades inhóspitas,

anuncios de gallos.  

Mi madre

ya no esta junto al viejo brasero,

masticando un chipaco,

ni sorbiendo mate cocido.

Tampoco sigue las huellas de alguna cabra

envuelta en su pañuelo blanco

entre el viento y la sequía.

Traquetea como aquel tren adolescente

que por la vía del llanto

la acarreó hasta la ciudad.  

Pero mi madre,

sigue siento monte,

chañar y trabajo.

Fuerza productiva

hasta que llega la oración.  

Y luego de un sueño sereno,

distante,

sus párpados se elevan

y las mañanas despiertan

un tanto más chuecas y achinadas.

Con sonidos férreos,

con palabras dulces y costuras alegres.

Una vida de paso a nivel.

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                                                                            “En Argentina ser un drogadicto 

                                                                            es ser un hombre muerto” 

                                                                                Diego Armando Maradona

                                                                                           30/10/2004                                                               

    
 
 
 

Hechizo de barro 

No fue Harry Potter ni corsario.

Abriendo marcadores en las tardes de Fiorito,

fue hechizo

de barro en el potrero.

Y partió en un saque

para Europa.

Llegó a España

zapateando como Gades,

en Italia Marcelo Mastroianni,

el tango en la gambeta.

Pero esa voluntad

neurótica,

carnal,

le anestesió la vida en la palabra,

fue hundiéndole el puñal,

¡su piel ya no es de camiseta!

En Méjico

la reina quiso darle jaque mate.

Con su mano

Latinoamericana

repuso al niño en la pelota,

desafiando a la corona,

manoteando ese balón.

Y los alfiles y peones

rasantes lo corrieron,

punzaron sus garrones,

le arrancaron la pelusa,

¡quisieron degollarte!

hechizo de barro,

de potrero.

Y amagando como el toro ante el acecho,

danzando

como el cisne ante la vida,

eludió a la infracción

en una suerte de poesía suave

y brutal.

Esa zurda 

le dio voz de cañón a la pelota,

liberó del gatillo a la verdad.

De esas manos

que extasiadas por la trampa

socavan alegrías.

Y hechizó los corazones,

empujando a la fe en el aplauso.

También Dios se lo creía.

Aquí nos inflábamos el pecho,

elevábamos banderas desmayadas.

Pero al final,

si, al final,

otra vez gambeteás a la crueldad.

A ese efecto nasal

que todo se lo diste

cuando lo pidió. 

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      Perro empetrolado 

Tus pasos no fueron en charol

ni luciste un frac

bajo la brisa.

En tus ojos

hendidos dos espejos

tal vez de algún adiós,

tu mirada iba yerta en la pesquisa.

Y caíste

a orillas de caracolas,

también yo perecí

al sentir allí en la arena

el vientre de ese hombre

amo de tus piruetas.

Cuando sacudiste tú cariño,

levantaste el horizonte… fue vil el reflejo,

y cerraste en otro día

la esperanza de poder mover tu rabo.

Y espantado por los aullidos de esa raza

—de mi raza—,

enclaustraste tu hocico,

tu lengua en todo ese vacío.

Graznidos de gaviotas en vuelos se lanzaban,

las piedras te caían

como en noches de rocío.

Y allá ibas perro,

vagabundo,

para mí eras un cisne que aleteaba empetrolado,

que se alejaba dejando huellas en la arena

—parecían gotitas—,

y en otra playa

tu cuerpo se haría tiritas,

olfateando el horizonte,

reflejando tu desgano.   

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      Inapropiada propiedad 

Ciento veinte metros

en una baldosa,

y ese celular magnetizando

el aire del idioma

que en secreto respirábamos.

Ni los grafitis de nuestros hijos

lograron apuntalar

aquella propiedad

construida a base de

empréstitos

y rondas de amigos.

Cuando las paredes comienzan a cuartearse

no hay que buscar ningún pintor o albañil.

Es saludable hallar otro sitio

donde no existan

televisores encendidos

todo el día

electrificándote

a cada rato.

Ni gente que entre a tú casa

y de la que nada se sabe.

En aquel primer piso

tú humanidad y a la mía,

no se descascaran. 

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        Porque te vi nacer 

Federico tiene ojos de semilla,

es el girasol que me amanece.

Tiene alma de coral, aliento a brisa.

Federico puede escribir vocablos en la sal de las olas.

Tiene cuerpo de fruta.

Es tierno como el Kiwi,

fibroso como el mango.

Federico puede extraer el néctar de las flores,

mirar el cosmos por la cerradura de la puerta,

conversar con las estrellas.

Federico me arroja basuritas cuando miro

hacia otra parte.

Es la sonrisa, o la lágrima que lloro,

cuando una calle adoquinada,

cuando un pibe de cartón en la vereda.

Pequeño monumento.

Federico será testigo que fui.   

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       Callecitas de mis recuerdos 

Pasadas las doce,

las mochilas se expulsan

a las veredas. Un hormigueo sarmientino,

tiñe las calles de blancos y azules.

Activos mundos

de chicles jirafas,

intercambios de punch por manón.

Vuelvo

saboreando recuerdos,

pastillitas. 

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          Segunda parte 

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                                                      “Que haya lenguaje en donde tiene que haber silencio”                                                                                                                                                      

                                                                                               Alejandra Pizernik                                                  

                                                                         Extracto del poema “En honor a la pérdida”                                                                                    
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

    Desatando los labios 

Aquel beso

fue un idioma prematuro

que en un estribo de tu día—de mi día—,

nos había citado sin querer.

Fuimos dos adolescentes

que nos rebelamos,

y en el otoño de tu boca— mi boca—,

anunciamos diluvios,

nos brotaron jadeos

con aroma a tabaco

y café sin azúcar.

Aquella tarde

reavivamos

la más íntima emoción

que nuestras vidas

habían olvidado en un andén. 

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   Cielo ausente

             

Con el tino voraz, y

compadrito,

anduviste por el barrio,

desterrando a otro amigo.

La canchita de la calle Irigoyen,

el carrito a rulemanes.

Te llevaste el capullo

que vimos florecer.

Otra vez nos dejás con el alma

entre los brazos

y la angustia a flor de piel.

¡Te metés con los muchachos!

¡Nos robás otro clavel!

Retornanos sus ternuras.

el filo de sus voces

nostálgicas,

de cuna.

Maldito amanecer,

ausencias que iluminas.

Otra broma tuya. 

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      Permanencia 

No te olvides que es invierno pequeño morador,

perecemos dos viejos amigos que siguen varados

en una estación. Pero tu radio me susurra,

domestica mis entrañas, y al tanteo administro

a templanza que va por tu pelaje.

No te ofendas compañero de mis noches.

¡Si sólo fue una caricia! Tal vez tu madre te ha contado

que los hemos tildado de fríos y simples cazadores

de ratas. Aunque en mi cama, la naturaleza

de tu cuerpo

desmiente esa condición humana cuando te estiras,

te estiras como un fuelle. Como el fuelle

que al espíritu del músico abriga, o lo deja a la intemperie,

en otro paisaje, cara a cara con el espectador. 

Ya es tarde, tu radio no susurra.

Desembocan mis manos en la almohada.

Queda un hoyo.

Y me estiro, me estiro.

Y maúllo, y maúllo.   

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San Justo 

  Ahí está el universo suburbano, sin plaquetas ni triglicéridos.

Las estatuas transpiran, los sauces las abandonan, el viento se rehúsa.

Los peatones ruegan, miran hacia arriba. La tarde se refleja moribunda,

en cada esquina, en cada rincón. ¿Y balcones? Y los balcones esperan

que el cielo les sonría, que una nube los salive, y nuestras vidas pasajeras,

que se imprimen para adentro, permanecen enjambradas, boquiabiertas,

tras las ventanillas. Dando puntapiés agujereados, también rifando

manotazos, exhibiendo relojes, pulseras, de Once o de Liniers…

  Tras un giro colectivo el pasaje se aparea. Algunos pibes lloran, despiertan,

sobre senos que madrugan, que regresan con ojeras.

   Entre alfombras de papeles reciclados, volvemos a expensas

de la industria que allí afuera nos da tinte con su hollín,

que aquí adentro nos da dosis de gasoil. Llegamos a San Justo, hay jóvenes que duermen mientras otros leen. Se aman, se odian o se miman.

  En asientos de cuerina granulada.

 

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      Esquina de los sauces 

   Escrita está la adolescencia en una pared del barrio

al que vuelvo. Debajo de la sombría cabellera  de un sauce

llorón, dónde espiábamos mundos.

   Porque había noches dictadoras, las esquinas fueron

archipiélagos electrocutados. Suficiente ser jóvenes,

citarse para mirar las estrellas, o escribirle poemas a María de los Ángeles,

y  arrojarlos por la puerta de su casa. Algunos vecinos tenían la bendita costumbre. Denunciarnos en aquel mil nueve ochenta y dos. Sin embargo,

nos esmerábamos por seguir siendo eso, religiosamente jóvenes;

luciérnagas, murciélagos, ratas. Testigos de las noches.

  Más que nunca, recurro a mi memoria, y sobrevivo en una tarde  que vuelvo resistiendo, el perfume proveniente de sus senos. Siempre fui admirador de sus labios, compuertas de su voz aterciopelada. Doblo en el mismo lugar que nos hallábamos porque se la han llevado con un poema de madera

entre sus manos.  

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        Petrocola 

   La industria desecha un coágulo en el río. Procesan

pequeñas criaturas. Rabiosas las algas se sistematizan. Los peces

abortan sus branquias, las aves les lamen las heridas.

  El agua se come al perro, incide en la carne vacuna. Muta el m a c r o o r g  a n i s m o de la tecnología. Los niños amanecen en las calles, rehénes voraces. Mastican polillas, ahumadas botellas de las alcantarillas. De pronto, el lodo, la lluvia,

el viento huracanado. Los árboles se quejan sin savia ni saliva.

Se ahogan vehículos, fracturan carteles, decapitan a los semáforos.

La vida queda a oscuras, el mundo tiene frío.

  El ave en Medio Oriente se pica las alas, espía a la avenida que recibe a un edificio…

un padre que solloza.

  Hay un hombre que mira desde un boing, que tritura

a un mac-niño, que proclama a un corazón. 

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   Grillitos en las noches 

Huesos visibles,

sinfonía de la noche.

Ebrias van las ruedas de sus vidas

por caminos cenicientos,

peregrinos del rejunte. 

Mala pata

—aunque dicen que da suerte

pisar mierda de los perros—,

ellos siguen

abocados a sus grillos,

subsistiendo como Darwin. 

Vituperio a la pelambre,

mal aspecto da la cáscara.

Peroratas

por ser hijos del cartón,

del frío hecho basura. 

Huesitos visibles,

bostezo blanco y celeste,

soñadores.

Ya no pueden embolsarles el saltito,

defasaje del billete,

monedita nacional.    

          

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    Pequeñas soledades 

   Hay dos pequeñas soledades en el cuarto que comparten, y sospechosamente me vuelvo crédulo ante lo que no veo.En cada gesto de éste espacio aposentan sus nombres; en la expresión de las bisagras, en la luz de sus juguetes. En el viento que golpea y que aborda sin permiso.

Hoy la noche está en mi regazo, y yo continúo aprendiendo de ustedes. Entre tanta libertad desordenada, pero amable.

Con idioma propio.

  Pequeñas soledades, he venido en busca de sus huellas.

Las del beso y del abrazo. Ustedes se transcriben en las

espesuras que producen las lluvias en el corazón de este verano,

en la posteridad. En la vitalidad del árboles. Tras cada paso que doy adoptan mi voluntad abrazándome en los caminos. Ustedes son mis axiomas. O dos motores que conspiran a mis viajes. 

  Definitivamente, la vida me es mayúscula cuando los pienso saludables entreteniendo a las olas de los mares argentinos.

  Aquí sentado, quisiera comenzar a esculpir el tiempo y darle mi forma. Tal vez alguna noche comprendan, que las pequeñas soledades no son tan pequeñas.   
 
 
 
 
 
 
 

              
         
         
         


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