Emilio Núñez Ferreiro. Nacido en Barcelona, de niño llegó a la Argentina y desde 1952 vive en San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires. Participó en Antologías. En 2001 y 2003, la Universidad de Morón lo distinguió con el tercer premio en cuento breve y además obtuvo premios de una Editorial de Necochea y otra de Rosario. Publica sus textos en revistas y diarios de la zona. Hace dos años presentó su ópera prima, Historias en sepia, 20 cuentos de historias dentro de la Historia. Concurre al Taller Literario Piedra Libre coordinado por Juan Alberto Núñez. 

De el mismo cuenta....

"Después de la guerra civil española, mis padres gallegos decidieron pasar un poco menos de hambre en Barcelona, y yo no tuve mejor idea que nacer ahí en el año 1944. En 1949 sufrí mi primer  trasplante en Buenos Aires. Cuando contaba con 40 años, decidí obtener la ciudadanía argentina para equivocarme, (como la mayoría), al votar. Hace más de medio siglo que vivo en San Antonio de Padua (Buenos Aires).

 

-EL BALDE- 
 

      Le escondieron todo. ¿Todo es todo?.

      La escopeta ya no está. Cuchillos y tijeras: bajo llave. Fármacos a buen recaudo. Un interruptor eléctrico recién instalado.

      Durante el día, compañía. Por las noches, vigilia; turnándose uno a uno. Noche a noche. Día a día.

      Carlos ya no ve los colores de la vida. Quizá los ve en blanco y negro. Tal vez todo negro.

      La muerte lo seduce como una mujer desnuda. Ya está instalada en su mirada esquiva. Ya se alojó en su forzada sonrisa de condenado a muerte.

      Le hablan, no escucha. Lo aconsejan, no oye. Procuran que se aferre, que luche, que lo intente... No puede.

     Aquel hombre de risa fácil, ya no existe. Es un espectro, un despojo de vida errante. Deambula como un fantasma, y las cuatro paredes que él construyó, lo contemplan atónitas. Es como el mutismo de una hoja que cae, flotando sobre el pasto.

      Un cajón. Dos cartas: Una para ella, otra para los hijos. Carlos sabe que las hallarán.

     Las escrituras en orden, papeles al día. Todo pago.

      ¿Cinco minutos son pocos?. Cinco minutos son muchos. Suficientes.

      Un balde, rojo, de plástico. ¿Quién se mata con un balde?. Nadie nota que dentro va una soga, mustia.

      Llega la mujer con el pan. La casa le dice que está sola. El rosal se asombra que lo rieguen con flautitas. El presentimiento, obliga a esa mujer a correr hacia el galpón.

      “ ¡Cinco minutos, sólo cinco minutos! “.- se dice mientras corre.

      Abre el portón, entra. No está, ni encima, ni debajo del camión. En el baño, nadie...

     Ahí está el balde, vacío.

     ¿Por qué será que en lo último que reparamos es en el techo?...

      ... Grita. Jamás gritó así.

     La soga pende sosteniendo el espanto, rígida. Carlos, entre los últimos estertores quizá aún la oye. Tal vez ya no.

FIN  

 

EL ORGULLO DE LA EÑE 
 

      Me quisieron eliminar. ¡A mí, a la Ñ!. Lo intentaron. Quisieron desterrarme para siempre. No es novedad; eso siempre les ocurre a las minorías, o lo más débiles, (pero no a esos, que las mayorías, tildan de débiles). 

      Quizá, consultando un diccionario de la lengua castellana, vieron que yo, ocupaba, apenas media página y dedujeron que era fácil de exterminar. Se equivocaron. Tuvieron que hacer el tablero en versión española y programarme en las PC.  

     Después de todo, si los de habla inglesa, no me usan, es problema de ellos. Tampoco, los que me inventaron, usan demasiado la W. Sin embargo, demostraron ser  más respetuosos, pues consideran, que para no desecharla, es suficiente motivo el  hecho de tener que pedir un Wisky, aunque sea muy de vez en cuando. O, para el que lo tiene, mencionar a algún amigo uruguayo. 

      Con los franceses y los italianos, el caso es distinto. Pero peor. Pues ellos, deliberadamente, me reemplazan por dos compañeras de idioma: la G, y la N. Y lo de la N me duele, pues es poco menos que mi hermana. 

      Claro, si yo, en menos de una página de diccionario, a duras penas alcanzo la paupérrima cifra de 50 palabras que comienzan conmigo; ¿Cuantas no habrá en las 56 páginas que totalizan las 18 de la N y las 38 de la G?. 

      ¿Y qué creyeron, que con esa alianza rebuscada y retorcida iban a expulsarme de los diccionarios?. No. Tuvieron que reconocer que estaban equivocados. ¿A ver? : Como patrón: A un avestruz americano, ¿cómo lo llamarían sin mí?. ¡Ah!. ¿Vieron?. ¿Y cómo le dirían a un señor que, a causa de vaya una a saber qué accidente, perdió la nariz, o la tiene muy pequeña?. ¿Se dan cuenta?. Está también, esa especie de antílope africano, tan sencillamente llamado Ñu. ¿Cuál sería su denominación?. 

      Como verán, yo no era, bajo ningún concepto, una letra inepta o inservible. Soy modesta, lo reconozco, pero imprescindible. Y si me apuran, hasta puedo compadrear un poco, pues jamás me hizo falta aliarme a una melliza como hacen las L y las R (tan famosas y prolíficas ellas). O cómo la C, que de la mano de la H, tuvo la pretensión de ufanarse como una letra más.

     Una vez, recuerdo que hasta la A del alfabeto que pertenezco, se rió del mísero aporte que yo hacía a nuestro abecedario. ¿Saben que le contesté? : Le dije que, hasta me animaba a opinar, y sin temor a pecar de impertinencia, que no era casualidad, que en el país que me inventaron, la quinta letra que compone su hidalgo nombre, es nada menos que la mía; la Ñ. ¿Qué tal?. 

      A partir de ese simple y fundamental motivo, creo que ya me gané el derecho de existir. Pero hay más; muchísimos más ejemplos, pues el hecho, que sean pocas las palabras que comienzan conmigo, en las que participo activamente, la cantidad es incontable. Y para no abrumarlos, pasaré a citar algunas: españoles, mañana, pañuelo, baño, cañería, estaño, lagaña, araña, roña, leña, sueño. ¿Sigo?. ¿Suficiente, no?. 

      Y les voy a decir más. Escuché comentarios (soeces, como todos), que esa especie de minúscula nubecilla con la que tan airosa me presento, es una provocación. ¡Pues, sufran y aguanten!. Todo seguirá así. Pues si me anulan, la cuña, pasaría a convertirse en cuna. La uña, se convertiría en un adjetivo numeral, o en su defecto, en un artículo indefinido. Y el año, perdería su prestigio y hasta tendría que ir a visitar a un médico proctólogo.  

      No obstante, es más grave que, a un gran amigo, que me quiere y defiende mucho, (y a la prueba me remito), le trocaran la gracia innata que tiene el nunca bien ponderado apellido Nuñez por un insubstancial Nunez.... Aunque creo, que  la lista de los colmos, la encabezaría la tan usada y a la vez chabacana expresión española: ¡Coño!; pues de la noche a la mañana, se transformaría en geometría. 
 

Fin 
 

Emilio Nuñez Ferreiro 

Hija de la desocupación 

      Estaba sentada en los escalones de la Estación de Once. Tenía las piernas cruzadas y una revista en la mano. Mostraba una actitud como de no esperar nada de nadie.

      Él la reconoció, a pesar de su nuevo corte de pelo y los anteojos ahumados. Hoy estaba limpia y relativamente decente con esa falda ajustada y la blusa color té.

      Pero no pudo recordarla, sino desnuda en aquella inmunda habitación de hotel barato. Esa noche, su piel morena estaba sucia como un estigma. Y ese cuerpo desmadejado que se le ofreció por una escueta cena, tenía tantos ayunos como ilusiones postergadas. Quizás, si la hubiera visto comer antes, no se hubiera dejado llevar por su animal instinto. Pues esa boca mellada por las estrías que los fríos habían acumulado, mostraba al sonreír, dos desordenadas hileritas de dientes picados. En aquellos ojos, se operaba la misteriosa putrefacción de la ciudad. En su joven rostro, prematuramente avejentado, se notaban las sucesivas lluvias de humillaciones y engaños.

      Mientras esos recuerdos le refrescaban el arrepentimiento que se había enquistado hacía ya tres meses, la contemplaba desde atrás de un taxi. Temía ser reconocido, aún así, como hoy, vestido.

      Ella levantó la cabeza y se colocó los lentes ahumados a modo de vincha. En ese momento, pareció adquirir una especie de madurez prestada. Sus labios pintados y entreabiertos, parecían encerrar todas sus futuras pecaminosidades. Luego miró hacia él, pero su mirada triste se posó más allá, en la Plaza Miserere.

      De pronto, él dio tres pasos hacia ella. Tenía la necesidad de reivindicarse. Pues no podía dejar de compararse con aquel degenerado celador del reformatorio donde había crecido. Él que, con su cara transformada por la perversidad, le obligó a perder la inocencia y su condición de futuro hombre. Una verdadera antesala del infierno, de la cual, salió dudando durante tantos años de su verdadera sexualidad. Por lo tanto, quería ofrecerle otra cena, pero esta vez sin nada a cambio.

     Se ilusionaba que fuera anónima, que ella no recordara en él, a aquel otro. Intentaba, en ese acto, despojarse de la imagen de esa chica, la que le agredía sus sueños. No podía desprenderse de esa mirada que se clavaba en sus ojos culposos, mientras ella se llevaba el tenedor a la boca.

      Pero algo fortuito lo detuvo. Enseguida se empeñó en convencerse que, si el tipo que le hizo señas a ella, no se hubiera interpuesto a él, y la chica no lo hubiera aceptado con la resignación que él le conocía, se hubiera animado a esa invitación platónica. Se quedó parado en el medio del flujo de los seres anónimos que cruzaban la vereda, mirando hacia Congreso, hasta que la esquina de Pueyrredón los hizo desaparecer.

      Suspiró profundamente. No supo si por el reflejo nervioso de ser descubierto o el alivio, que de golpe le sobrevino. Se encogió de hombros. Después de todo, era una simple callejera. Una putita más. Una hija de la desocupación y la miseria.

      Cuando exhaló su efímera angustia, con el dorso de la mano, se quitó la caspa que tenía sobre los hombros de la sotana. Con la Biblia contra el pecho, esperó la luz blanca del semáforo y con pasos resueltos, encaminó sus sandalias por la senda peatonal de la calle Mitre. 
 

Enseñanza 

    Siempre me decía lo mismo: “Ven Emilito, vamos a hacer una pulseada”. Mi inocencia y mi manito se aferraban a su diestra y hacían lo imposible; pero jamás se dejó ganar. Por momentos, llegué a odiarlo. ¿Qué le hubiera costado?

      Pasaban los años, y cada tanto, me repetía lo mismo: “Ven Emilito, vamos a hacer una pulseada”.

    Mientras el almanaque me hacía crecer y a él lo llenaba de canas, supuse que de aquel “juego” ya se había olvidado. Pero una noche me sorprendió y volvió a desafiarme. Al principio me negué. ¡Qué se yo! Hasta ridículo me pareció, pero insistió tanto… En cuanto nos fusionamos, comprendí que mi mano de dieciocho años ya estaba acorde a la suya.

      Recuerdo su cara congestionándose y como se dilataban las venas de su frente. Tengo presente, como un estigma, su mano, debajo de la mía, sobre la “O” de vino que dejara aquel vaso sobre el mantel. Evoco su mirada con un dejo de orgullo, y su diestra cansada en mi hombro, diciéndome: “Bueno, ya eres un hombre”…

    …Jamás olvidaré mi llanto en aquel baño. No porque yo fuera un hombre, ¡me faltaba tanto! Sino, porque papá se estaba poniendo viejo. 

 

      Dentro de poco cumpliré 40 años de casado con la mujer que amo. Con ella tuvimos cuatro hijos: Uno para el recuerdo, tres para la esperanza. Y de ellos ya tengo tres nietos (dos niñas y un varón)

      El escritor que hay en mí, escribe compulsivamente desde que tengo memoria.

      Mi paso por los Talleres Literarios de Dalmiro Saénz, Gabriel Landoni, Juan Alberto Núñez y Josefina Veiga fueron puliendo las aristas que en mí había.

      Participé en varias Antologías. En revistas locales y diarios, me publican muchos trabajos.

      Gracias al narrador que tiene mi otro yo escritor, en 2001 y 2003 la Universidad de Morón me distinguió con 3º Premio en Cuento Breve. En 2006 la SADE de Capital me premió un cuento. Lo mismo hizo la SADE de Morón en abril de este año.

      En el mismo mes, el Diario PENSAR de San Antonio de Padua, me distinguió con una estatuilla, nombrándome “Personaje Destacado en Literatura del año 2007”.

      En julio de este año, “La Sociedad de Socorros Mutuos Española de Coronel Dorrego” (Bs. As.), me distinguió con el segundo premio de Cuento.

      En varias páginas de Internet me publican muchas obras.

      En junio de 2006, en la Biblioteca de Morón, hice la presentación de mi primer libro: “Historias en Sépia”. En él volqué toda mi emoción,  ilusiones e ironías. Lo hice esperanzado en que, si el que me leyera, en algún cuento, aunque fuera en una frase, sintiera algo parecido a la ternura, yo me daría por satisfecho.      

      El otro día, me convocaron en la Escuela Nª 23 del Partido de Merlo a leerles trabajos míos a chicos y chicas de distintos grados. La experiencia fue hermosa, tanto para el yo narrador, como para el yo escritor; y sobre todo para mí, (el simple hombre que soy), pues la atención y comprensión que experimenté de los alumnos y alumnas, además de alimentar mi ego, me emocionaron.

      ¡Gracias alumnado todo de la hermosa Escuela Nª 23 del Palomo! "

 


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