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DAVID LAGMANOVICH

Tucumán, Argentina 


David Lagmaniovich quien deja algo de su material para la Radio es Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Tucumán.

Obtuvo sus títulos universitarios en esa casa de estudios, en Columbia University (Nueva York) y en Georgetown University (Washington). Libros y artículos suyos han aparecido en Argentina, Brasil, Chile, Cuba, México, Estados Unidos, España, Alemania y otros países. Como docente e investigador se ha especializado en la literatura y la lengua de los países hispanoamericanos.

Como escritor, su producción abarca el ensayo, la poesía y la narrativa, con especial atención al microrrelato. Sus libros más recientes en este último género son estudios críticos y dos compilaciones de sus propios textos de minificción: La hormiga escritora (2004) y Casi el silencio (2005). 

Antígona II 

Sé mi Antígona.

Llévame de la mano por los caminos mudos

de la insistente noche.

Sé mi báculo.

Déjame que en tu debilidad apoye mi fracaso.

Sé Yocasta otra vez,

renacida en tus ojos

que hoy miran por mí. 
 

Casa 

Mi casa está llena de silencio. 

Al caer de la tarde

escucho allí el recuerdo

de tu voz. 

Ambos poemas pertenecen al libro Contraescrituras, 2006 
 

*** 

Los dos siguientes microrrelatos pertenecen al libro Las intrusas, agosto 2007 

El idioma perdido 

Despertó sobresaltado. Quería llamar a su mujer, convocar a alguien, explicar lo que había soñado, pero no recordaba ninguna expresión. Las palabras y las frases no acudían. Al parecer podía pensar, pero no encontraba la forma de expresarse. Abría la boca y rápidamente la cerraba al no poder articular sonido alguno. Caminó por la casa, mirando todos los muebles y rincones para que, al reconocerlos, se le ocurriera algo; pero no había nada, su capacidad de expresión verbal había desaparecido. ¿Su mente? No, su mente estaba bien: era su voz la que no reaccionaba, ni en su propio idioma (y él ignoraba cuál era) ni en otro, porque seguramente debía existir más de uno. De pronto creyó encontrar una salida: se dirigió a la biblioteca y hojeó un libro, luego varios más, pero miraba las líneas de tipografía y éstas no le decían nada, estaban tan mudas como él mismo. Cuando su mujer, extrañada por su ausencia de la alcoba, vino en su busca y le dijo algo, él no entendió sus palabras y las lágrimas comenzaron a correr por su rostro. 
 

Los libros 

El seminario de posgrado había sido convocado a su primera reunión en la sede de una biblioteca. En la puerta de acceso, un anciano profesor ayudaba a los alumnos que, desorientados, recorrían una y otra vez la calle sin reconocer la institución. Ya dentro del edificio desierto, se ubicaron todos alrededor de una larga mesa; las lámparas, embozadas en pantallas verdosas, iluminaban tenuemente el lugar. Desde allí no se escuchaban los ruidos de la calle. Las paredes del salón estaban cubiertas de altas estanterías en las que se alineaban miles de libros, cubiertos por una leve capa de polvo. Algunos alumnos preguntaron dónde estaban los monitores de televisión y las computadoras: no había allí tales cosas. Incrédulos, fijaron su vista en el anciano, como demandando explicaciones. “Ésta es una biblioteca y lo que ven son libros”, comenzó con voz suave el profesor. 

*** 

Los cinco microrrelatos siguientes pertenecen al libro Menos de 100, agosto 2007 

Caminatas 

Tal como se lo había recomendado el médico, salía a caminar todas las mañanas e iba aumentando la distancia recorrida. Primero cuatro cuadras, luego seis, ocho, un kilómetro, uno y medio, dos, tres. Había pasado de los seis kilómetros diarios cuando un día salió para su caminata, feliz con su flamante traje deportivo y las nuevas zapatillas aeróbicas, y no regresó. Entre sus pertenencias encontraron un mapa caminero de América del Sur. 
 

El perfume 

Percibió el perfume y el corazón le dio un brinco. ¿Todavía ahora podría emocionarse así? Olfateó el viento como lo hubiera hecho su perro. Se sentía más y más excitado, pero trató de dominarse y se detuvo en lo que parecía ser un portal. Lo que escuchó le trajo el recuerdo de noches lejanas. Adivinó las máquinas y las bobinas de papel, y comprendió que la proximidad de la tinta fresca lo transportaba al tiempo en que aún veía, cuando el olor de la imprenta era su felicidad. 
 

Escribir 

Cuando era joven, escribía para llegar a ser. Hoy, ya cerca de la muerte, escribo para no ser. Mi meta es la inexistencia: hacia ella voy, palabra tras palabra. Cada párrafo que concluye en un punto y aparte es un logro más en la búsqueda de esa oquedad, esa negrura a la que aspiro. Y el último párrafo, ése que quedará para siempre inconcluso, será también mi último triunfo, la definitiva ausencia de mí mismo. 
 

El fuego 

Quería escribir, pero necesitaba alumbrarme en medio de la noche: por eso encendí la fogata. De entre sus llamas surgiste tú, mi poema, y me regalaste tus caricias. Ahora moriré en la hoguera creada por tus besos y alimentada por mis versos. 
 

Ágrafo 

En mi ciudad nadie ignora que no sé escribir. Ahora me han premiado como el mejor escritor inédito de la comarca. Pero si acepto el premio debo enviar una carta de agradecimiento, y no encuentro a nadie dispuesto a escribirla por mí. 
 


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